Para la víspera de una Navidad, mi madre se preparaba diligentemente con el ánimo que la celebración fuera para que se perpetuara en el cofre de los recuerdos. Su hermano Saúl llegaría para las festividades y era menester, que la fiesta fuera de lo mejor.
El ejemplar tío, vivía en la ciudad capital, allí realizaba estudios superiores de economía y mi madre deseaba agradarlo; pues según ella se lo merecía, y porque, además, sus llegadas se sucedían anualmente. Entre los preparativos se le acrecentaba el deseo por cocinar un chompipe al carbón. Éste animalito tendría que ser gordo y de buena calidad. Mi madre repartió encargos con sus conocidas campesinas a fin de que el animal que pensaba adquirir, fuera similar al que su receta culinaria requería. La familia era grande y todos desearían probar un fragmento de tan apetecida carne.
Mi madre era una mujer morena clara, de cabello negro y muy agradecido, de regular estatura, era dueña de una belleza singular, con la cual, podía competir con cualquier hembra de los alrededores. Mi padre comentaba que ella tenía muchos pretendientes, quizás por ese coqueto lunar que lucía a un costado de la fosa nasal izquierda. Mi padre aseguraba que esa marca, había sido el atributo femenino que lo hipnotizó. La fascinante mácula negra que adornaba su rostro y que semejaba una deliciosa pasa, era como un enigmático talismán. Mi madre pues, era sumamente femenina, muy sentimental y hacendosa. Le aterraba el sufrimiento de sus semejantes y este sentimiento, lo hacía extensivo a la angustia de los animales, principalmente con los que ella, de alguna u otra manera se hubiese familiarizado.
El encargo, por el que mi madre había movido todas sus influencias, surtió sus efectos. Un día domingo muy temprano, se presentó Rita, una campesina comerciante de guajolotes. Llegó sudorosa y con una sonrisa de complacencia en su moreno rostro. Llevaba enrollado en un reboso de colores y atado de ambas patas, un magnífico y cenizo guajolote. Posterior a entrar en un justo acuerdo con respecto al precio, Rita, a petición de mi madre, liberó al pavo de su envoltorio y de sus ataduras. Gracias a que el patio era extenso, Rita dejó suelto a su sabor y antojo a tan hermoso animal.
Con pasitos a veces lentos cuando no apresurados, el gigantesco pajarraco movía su moco cuando cantaba. Era un movimiento pendular que me divertía, y él, como que se daba cuenta y con más ganas cantaba. Después exhibía su majestuosa cola, que entre tumbo y tumbo extendía, dándole paso a un romántico abanico que me llamaba a curiosidad, lo mismo que a los otros niños. El animalito se practicaba para no perder la costumbre de llamar la atención de las jóvenes pavas, que posiblemente, en un futuro no lejano, él pensaba, conformarían su harem. Eso, en el remoto caso que aquel pavo hubiese tenido la capacidad de pensar. Lo que quizás nunca se imaginó el ave, era que el destino se vislumbraba macabro para él, y de singular acontecimiento para el resto de la familia.
El plumífero, que obviamente, sería sacrificado para celebrar las festividades de fin de año y la llegada del familiar ausente, andaba suelto, presumiendo por toda la casa, sus bravuras y tumbos de cola que de brocha pasaba a ventilador. Mi madre lo alimentaba con maíz y trigo para que estuviera en su punto óptimo al momento del suplicio. Mientras, el bípedo se había tomado la libertad de perseguir, furibundo, a los niños que se acercaban a querer acariciarle su fantástica cola, misma que movía a discreción. Varias veces me apremió infructuosamente, pues yo, acostumbrado que estaba, a huir de algunos peligros, me divertía con sus intentos de querer picotearme las posaderas.
Llegó el día esperado para todos e inesperado para el sentenciado. El candidato a la olla corría delante de sus perseguidores. Todos los habitantes de la casa, en un frenético tumulto, tratábamos de taparle el paso el plumífero, mismo que aleteaba y huía describiendo líneas, círculos, triángulos, espirales y cuanta figura geométrica puede trazar, un ser acosado por la muerte. En ese tiempo aún adolecíamos en casa, del servicio de agua potable. El vital líquido para el consumo doméstico, era servido de un profundo poso de garrucha. El surtidor, un orificio cilíndrico perforado en los límites del patio y el huerto frutal, siempre se mantenía tapado con un tablero circular, para proteger la vida de todos los traviesos niños que conformábamos parte de la familia. Esta también era una buena medida para evitar que el se ensuciara.
Ese día que, todos, con las manos extendidas, y el trasero parado, corríamos tras el chompipe de la fiesta, con el ánimo de llevarlo al tablero de los suplicios; el poso, por un descuido, había sido dejado sin su correspondiente tapadera, y, en un momento de máxima desesperación, el bípedo ejecutó desesperado aleteo, mismo que lo hizo elevarse en torpe vuelo. Y cómo la gordura se lo permitió, describió una casi parábola, la cual alcanzó su punto final, en un remanso de fresca agua. El animal cayó, en medio de una colectiva exclamación de impotencia, en las profundidades oscuras del bendito poso.
Unos reían, otros comentaban y los niños llorábamos. Los mayores, más serios, alargaban el cuello para tratar de descubrir en aquel húmedo y recóndito agujero, un hálito de vida. Alguien escuchó un sordo aleteo. Nadie proponía una solución, para sacar el guajolote de aquella ocasional y mortífera trampa.
En eso, atraído por el alboroto familiar, apareció el tío Cleofás quien vivía en la vecindad; siempre parsimonioso, siempre buena gente, siempre lleno de experiencia y sabiduría. Él, conocía algo de posos y algo de pavos. Pidió un lazo a Manuel un hermano que le acompañaba, y se procedió a ejecutar la operación: “Guajolote al Rescate”. El viejo anudó un extremo de la cuerda a su cintura y demandó que el otro extremo, se atara en ballestrinque al pie del manzano más cercano. Luego solicitó que los mayores sostuvieran la cuerda, que aún su peso no había tensado y que la fueran soltando poco a poco, según él lo fuera pidiendo.
“¡Suelten pita!”, “¡Suelten pita!” Gritaba tío Cleofás a cada momento, hasta que su voz fue poco audible. Y todos afuera con la pena, hasta que el héroe, desde el fondo del agujero, dio tres jalones a la cuerda, señal convenida que el ave estaba en su poder. Los responsables del cordel principiaron a halar hacia arriba el mismo y, entre ¡Upas! Apareció la cabeza desgreñada y cana del tío Cleofás. Él reía con la satisfacción que suele invadir a los protagonistas de un hecho singular. Luego asomaron los primeros cuadros de su jerga colorada y después “¡Qué viva el héroe!”, Gritamos todos. En las manos morenas del valiente tío, estaba el guajolote todo mojado, tembloroso y con los ojos inundados por una blanca cortina.
Mi madre, con su inveterado sentimentalismo, se adelantó y lo tomó entre sus brazos para aplicarle los primeros auxilios: respiración de boca a pico y unos cuantas masajes de buche. Y el guajolote volvió a la vida, la cual, por unanimidad, se le perdonó. El valiente tío Cleofas pidió para el susto y la fatiga, una buena taza de café caliente.
Ese Navidad, todos en aquella familia, fuimos felices comiendo, al lado del tío Saúl, tamalitos de “Chipilín”. El guajolote alegró el patio da la casa hasta que la vejez lo doblegó.
Navidad de 2001.
El ejemplar tío, vivía en la ciudad capital, allí realizaba estudios superiores de economía y mi madre deseaba agradarlo; pues según ella se lo merecía, y porque, además, sus llegadas se sucedían anualmente. Entre los preparativos se le acrecentaba el deseo por cocinar un chompipe al carbón. Éste animalito tendría que ser gordo y de buena calidad. Mi madre repartió encargos con sus conocidas campesinas a fin de que el animal que pensaba adquirir, fuera similar al que su receta culinaria requería. La familia era grande y todos desearían probar un fragmento de tan apetecida carne.
Mi madre era una mujer morena clara, de cabello negro y muy agradecido, de regular estatura, era dueña de una belleza singular, con la cual, podía competir con cualquier hembra de los alrededores. Mi padre comentaba que ella tenía muchos pretendientes, quizás por ese coqueto lunar que lucía a un costado de la fosa nasal izquierda. Mi padre aseguraba que esa marca, había sido el atributo femenino que lo hipnotizó. La fascinante mácula negra que adornaba su rostro y que semejaba una deliciosa pasa, era como un enigmático talismán. Mi madre pues, era sumamente femenina, muy sentimental y hacendosa. Le aterraba el sufrimiento de sus semejantes y este sentimiento, lo hacía extensivo a la angustia de los animales, principalmente con los que ella, de alguna u otra manera se hubiese familiarizado.
El encargo, por el que mi madre había movido todas sus influencias, surtió sus efectos. Un día domingo muy temprano, se presentó Rita, una campesina comerciante de guajolotes. Llegó sudorosa y con una sonrisa de complacencia en su moreno rostro. Llevaba enrollado en un reboso de colores y atado de ambas patas, un magnífico y cenizo guajolote. Posterior a entrar en un justo acuerdo con respecto al precio, Rita, a petición de mi madre, liberó al pavo de su envoltorio y de sus ataduras. Gracias a que el patio era extenso, Rita dejó suelto a su sabor y antojo a tan hermoso animal.
Con pasitos a veces lentos cuando no apresurados, el gigantesco pajarraco movía su moco cuando cantaba. Era un movimiento pendular que me divertía, y él, como que se daba cuenta y con más ganas cantaba. Después exhibía su majestuosa cola, que entre tumbo y tumbo extendía, dándole paso a un romántico abanico que me llamaba a curiosidad, lo mismo que a los otros niños. El animalito se practicaba para no perder la costumbre de llamar la atención de las jóvenes pavas, que posiblemente, en un futuro no lejano, él pensaba, conformarían su harem. Eso, en el remoto caso que aquel pavo hubiese tenido la capacidad de pensar. Lo que quizás nunca se imaginó el ave, era que el destino se vislumbraba macabro para él, y de singular acontecimiento para el resto de la familia.
El plumífero, que obviamente, sería sacrificado para celebrar las festividades de fin de año y la llegada del familiar ausente, andaba suelto, presumiendo por toda la casa, sus bravuras y tumbos de cola que de brocha pasaba a ventilador. Mi madre lo alimentaba con maíz y trigo para que estuviera en su punto óptimo al momento del suplicio. Mientras, el bípedo se había tomado la libertad de perseguir, furibundo, a los niños que se acercaban a querer acariciarle su fantástica cola, misma que movía a discreción. Varias veces me apremió infructuosamente, pues yo, acostumbrado que estaba, a huir de algunos peligros, me divertía con sus intentos de querer picotearme las posaderas.
Llegó el día esperado para todos e inesperado para el sentenciado. El candidato a la olla corría delante de sus perseguidores. Todos los habitantes de la casa, en un frenético tumulto, tratábamos de taparle el paso el plumífero, mismo que aleteaba y huía describiendo líneas, círculos, triángulos, espirales y cuanta figura geométrica puede trazar, un ser acosado por la muerte. En ese tiempo aún adolecíamos en casa, del servicio de agua potable. El vital líquido para el consumo doméstico, era servido de un profundo poso de garrucha. El surtidor, un orificio cilíndrico perforado en los límites del patio y el huerto frutal, siempre se mantenía tapado con un tablero circular, para proteger la vida de todos los traviesos niños que conformábamos parte de la familia. Esta también era una buena medida para evitar que el se ensuciara.
Ese día que, todos, con las manos extendidas, y el trasero parado, corríamos tras el chompipe de la fiesta, con el ánimo de llevarlo al tablero de los suplicios; el poso, por un descuido, había sido dejado sin su correspondiente tapadera, y, en un momento de máxima desesperación, el bípedo ejecutó desesperado aleteo, mismo que lo hizo elevarse en torpe vuelo. Y cómo la gordura se lo permitió, describió una casi parábola, la cual alcanzó su punto final, en un remanso de fresca agua. El animal cayó, en medio de una colectiva exclamación de impotencia, en las profundidades oscuras del bendito poso.
Unos reían, otros comentaban y los niños llorábamos. Los mayores, más serios, alargaban el cuello para tratar de descubrir en aquel húmedo y recóndito agujero, un hálito de vida. Alguien escuchó un sordo aleteo. Nadie proponía una solución, para sacar el guajolote de aquella ocasional y mortífera trampa.
En eso, atraído por el alboroto familiar, apareció el tío Cleofás quien vivía en la vecindad; siempre parsimonioso, siempre buena gente, siempre lleno de experiencia y sabiduría. Él, conocía algo de posos y algo de pavos. Pidió un lazo a Manuel un hermano que le acompañaba, y se procedió a ejecutar la operación: “Guajolote al Rescate”. El viejo anudó un extremo de la cuerda a su cintura y demandó que el otro extremo, se atara en ballestrinque al pie del manzano más cercano. Luego solicitó que los mayores sostuvieran la cuerda, que aún su peso no había tensado y que la fueran soltando poco a poco, según él lo fuera pidiendo.
“¡Suelten pita!”, “¡Suelten pita!” Gritaba tío Cleofás a cada momento, hasta que su voz fue poco audible. Y todos afuera con la pena, hasta que el héroe, desde el fondo del agujero, dio tres jalones a la cuerda, señal convenida que el ave estaba en su poder. Los responsables del cordel principiaron a halar hacia arriba el mismo y, entre ¡Upas! Apareció la cabeza desgreñada y cana del tío Cleofás. Él reía con la satisfacción que suele invadir a los protagonistas de un hecho singular. Luego asomaron los primeros cuadros de su jerga colorada y después “¡Qué viva el héroe!”, Gritamos todos. En las manos morenas del valiente tío, estaba el guajolote todo mojado, tembloroso y con los ojos inundados por una blanca cortina.
Mi madre, con su inveterado sentimentalismo, se adelantó y lo tomó entre sus brazos para aplicarle los primeros auxilios: respiración de boca a pico y unos cuantas masajes de buche. Y el guajolote volvió a la vida, la cual, por unanimidad, se le perdonó. El valiente tío Cleofas pidió para el susto y la fatiga, una buena taza de café caliente.
Ese Navidad, todos en aquella familia, fuimos felices comiendo, al lado del tío Saúl, tamalitos de “Chipilín”. El guajolote alegró el patio da la casa hasta que la vejez lo doblegó.
Navidad de 2001.



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