sábado, 8 de noviembre de 2008

EL MAGO (CUENTO)

Era digno de admirarse. Sí, Facundo Linares tenía la capacidad de sortear los obstáculos de la existencia con una facilidad que le nació junto con el alma. Era un individuo de pueblo y supo ser un hombre de ciudad cuando el caso fue necesario. Linares no olvidaría nunca que fue en la ciudad donde conoció a su padre. El encuentro fue sin él buscarlo. Un hecho insólito, de ésos que surgen de pronto para que alguien pueda decir: “¡Qué pequeño es el mundo!”. Fue en las cercanías del zoológico. Facundo andaba en la edad de los perseguidores de pájaros, de los seres que comen sin medida y que son buenos para averiguar todos los hechos inverosímiles que les circundan. Un avión fue el preludio de aquel encuentro: feliz para el muchacho y aciago para el coronel que lo había engendrado diez años atrás en el cuerpo de una mujer que le creyó la patraña de que, lo de él, era amor del bueno. La más grande de las mentiras que solían blandir, en aquella época, y quizás hasta nuestros días, algunos de los que se hacen llamar: pundonorosos y portadores del estandarte de la honra y la rectitud. El militar marchó, él siempre marchaba, no se le volvió a ver más: Un soldado abandonó a su hijo, lo dejó sin un futuro promisorio, sin manutención, sin amor. La mujer soltó ríos de lágrimas; pero no se humilló ante el desaire de quien le hizo la promesa más hermosa y grande, que sus oídos de beldad habían escuchado: “Te amaré hasta la eternidad, jamás conocerás la soledad mientras yo viva”. Sin embargo, el hombre del sable al cinto siguió viviendo y aquellas promesas, las arrinconó en lo más profundo de su negra conciencia.

El avión hizo una maroma en el aire, el niño Facundo ya lo tenía en la mira de la curiosidad. De pronto el pájaro de acero principió a deyectar sombrillas que se bamboleaban con el viento y, que parecía, tenían el propósito de proteger, del calcinante sol vespertino, a unos muñequitos que poco a poco se iban haciendo más grandes. Dos boconadas de esas curiosidades, expelieron de la nave y ésta desapareció. Se fue como cuando un zopilote deyecta en el aire y prosigue su vuelo avergonzado de lo que hizo su trasero. ¿Qué serán esas cositas?, fue la obligada e imaginaria pregunta del niño. Pero luego, inteligente que era, recordó una película que días atrás había visto en la televisión: sucedió en Normandía en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. “Esos son paracaidistas”, se dijo Facundo y mirando hacía arriba, se emocionó un montón, cuando tuvo la sensación que uno de los maravillosos objetos parecía que se le venía encima: Ilusión óptica.

El hombre del paracaídas hizo el salto característico de los que son expertos en esos lances, una cincuentena de pasos más al sur de donde el muchacho, aletargado por la curiosidad, esperaba. ¡Qué bárbaro!, exclamó el mozo y pensó en acercarse al hombre que, en ese momento, se destrababa del artefacto. ¿Qué ves patojo bobo?, sí el coronel no lo dijo, lo pensó. La hebilla del cinturón fue lo que llamó la atención del infante, naturalmente, después de haberle dado un vistazo, de cabo a rabo al individuo que cayó del cielo. De pronto y sin saber por qué, una fuerza extraña lo conminó a dirigirse al hombre: Perdone señor paracaidista, ¿Qué significan esas letras FOLM que luce en su hebilla?, se agachó el interpelado para ver la hebilla de cobre que aún resplandecía por las dos frotadas de bicarbonato que por la mañana había sido su tarea inicial. Y sin saber por qué, otra fuerza extraña intervino para que el militar respondiera. Casi nunca daba conversación a desconocidos, aún fuesen niños: Normas del reglamento. Son las iniciales de mi nombre, dijo con voz marcial el uniformado. Y, ¿Cuál es su nombre?, volvió a la carga el chico. Facundo Omar Linares Mendoza, más parco, no pudo ser el coronel. Pe... pe... ro, usted y yo tenemos el mismo nombre, expresó el pequeño lleno de admiración. Y el soldado, ¿Cómo te llamas niño?. Facundo Omar Linares Villa, espetó el chico. ¿Villa?, insistió el soldado. Sí... sí... Villa, como lo oye, respondió el interpelado. El hombre prendió su torva vista a la cristalina mirada del infante y un poco menos parco le preguntó: ¿De dónde eres?¿Cómo se llama tu madre?. Soy del pueblo de Valle Rico y mi difunta madre se llamaba Aura, contestó el niño. “No es por nada pero creo que éste, es mi hijo”, pensó el coronel y prosiguió con el interrogatorio. ¿Cuál es el nombre de tu abuela?. Y el pequeño Facundo: ¡Juana!. ¡Anda muchacho, ven a mis brazos, tú eres mi hijo¡, exclamó el coronel. Ya lo decía, algún día te encontraría, mi madre nunca me habló de ti, yo presentía que podrías existir, tengo otros hermanos cuyo apellido no es igual que el mío, dijo el niño Facundo y obedeciendo a la fuerza ya mencionada, abrazó, sacando ternura de animadversión, al hombre que argumentaba ser su padre. “Cosas veredes Sancho amigo”.

La abuela debía de enterarse, era la sustituta de la madre fallecida en el otoño. Vinieron los hechos que no gustaron al militar: Un juez lo rebuscó por regimientos y cuarteles. El “Se busca por irresponsable”, llevaba en su cuenta cinco mujeres, todas ellas crianderas. Su estipendio mensual, que no era una bicoca, estaba en peligro de apocarse, existía otra boca que urgía de la ayuda que le fue negada por su engañosa actitud.
La abuela fue valiente y severa: Este sin vergüenza debe pagar alimentos por todo el tiempo que ya se fue y por el que está por llegar. Por ello, aquel hombre, (¿?) Designó con la palabra “desventura”, el día que el chico se le acercó. Renegar por la obligación ante un vástago, es la más grande de las desdichas. El General Agapito Guillén, superior del olvidadizo padre le advirtió: O pagas o te estrello las botas en el fondillo. El General era delicado. Con tal delicadeza pretendía tapar sus propios clavos y fue implacable cuando el subalterno le imploró ayuda. Yo no me presto a las patrañas, le dijo. Su actuar fue de ese modo porque la abuela permanecía vigilante ante la demanda. La abuela era así: delicada y amante de la justicia y por eso no tenía empacho en golpearle la mesa a cualquier general por muy Agapito que hubiese sido.
Se hizo justicia y el coronel maldecía. El niño era entrón, tenía carisma para ser aceptado y paulatinamente, se fue acercando al padre quien, receloso, poco a poco, también lo fue aceptando. Aunque, cada día que transcurría, era marcado en su calendario personal. Hacía el recuento del tiempo que tendría que cumplir con la obligación dictaminada por el tribunal de familia. Masticaba pero no tragaba a su misma sangre, mucho menos a la abuela. Hay hombres que no debieron haber nacido.
“A lo hecho pecho”, se dijo el pundonoroso un día. “¡Ni qué hablar! Es mi hijo y debo de dejar mi huella en su formación” y pujó para que el pequeño Facundo abrasara la carrera de las armas. La abuela salió al frente. ¡Alto, esa idea no pasará! y no pasó. ¿Músico?. ¡Tampoco!, respondió la abuela, Terminará, tarde o temprano, como corneta de regimiento. ¿Guía de turismo?. Se morirá de hambre, aseveró la anciana. Entonces que lo oriente su abuela. ¡Me canso ganso, será contador y después un economista!, sentenció Juana.

La inteligencia del chico era superior y las clases de las ciencias exactas, eran para él, pan comido. Se aburría y mejor abandonaba los salones en donde los mentores impartían nimiedades ante un montón de compañeros alelados. Todo eso lo había cosechado en la enciclopedia que la abuela mercó a plazos. Pensó complacer en secreto, los gustos de su padre. Llegó a ejecutar la guitarra con terrible maestría y la marimba y los timbales y la corneta, pero el medio le era adverso. En este país de miseria, sólo progresan algunos militares, algunos narcotraficantes y algunos políticos. Los artistas comen lo que comió el buitre en tiempos de guerra. Dominó el idioma del Tío Sam a la perfección, pero a un país violento no venían suficientes turistas. Logró, a fuerza de astucia, hacerse comisionado militar, pero la vergüenza lo desarmó. No obstante tenía valor e inteligencia; más que cualquier gran estratega de la antigüedad. Herencia de la abuela, ni qué decir.

Un día, ya siendo joven, descubrió que su progenitor era amante del ilusionismo. Con la magia puedes arreglar todos tus problemas, divertirte y divertir, aparecer y desaparecer, le había asegurado el coronel. Cuando el joven Facundo le comentó esta última razón a la abuela, ella sonrió burlona y le contestó: Sí papo, como él desapareció el día que te abandonó.
Le mintió a la abuela y le dijo que no tomaría los pasos de mago de su progenitor. Sin embargo, en el más profundo de los secretos, dedicó tiempo y pasión al arte del: “abra cadabra, patas de cabra. Nada por acá, nada por allá”. A la abuela nadie le tomaba el pelo, y, más por la actitud que por lo in fraganti, pronto lo descubrió. La anciana se hizo la desentendida y esperó, con sobrada parsimonia, los efectos de la experiencia.
El tiempo se fue como agua entre las manos y como suele suceder, los secretos no pueden ser eternos y el ansia de darse a conocer como habilidoso mago, empujaron a Facundo a confesarse ante la abuela. Ya lo sabía hijo, cuando tú ibas yo venía, fue la respuesta de Juana.
La magia, la guitarra, la osadía, la capacidad de expresarse en otro idioma; es decir: la inteligencia, contribuyó a que una dama se prendara de él. La chica era liviana, pero él la adoraba. Tuvieron un hijo. Su vivo retrato. Luchó poniendo a flote todos los Dones que le fueron conferidos. Su hogar debía prevalecer y su hijo, en quien él se reflejaba, constituían lo más grande de su existir. Para honra del coronel, llegó a ocupar altos cargos en las esferas del gobierno e iniciativa privada. Alternó con políticos importantes, generales, jefes de dependencias, obispos, escritores, empresarios, científicos y bohemios. Jamás le faltó empleo. El pan no se escaseó en su mesa. Ganaba bien y la mujer dilapidaba, él la dejaba hacer sus gustos y también se los satisfacía. La abuela dijo un día de ella: Esta mujercita es mala pinta, y quizás tenía razón.

Era habilidoso para sortear los problemas de la existencia, todo para su cerebro era calma y humorismo. El buen humor lo transmitía Ipso facto. Un día le quitó la corbata al Ministro de Educación, le dijo: Señor Ministro, perdone pero su corbata no sirve, está deshilada, el hombre no sintió y cuando fue advertido del defecto de su corbata, Facundo ya la tenía entre la bolsa y el funcionario de educación, tenía puesta una corbata nueva: Cuestión de magia y no otra cosa. El ministro se concretó a emitir una expresiva sonrisa: je, je, je... En fin, todo lo que aprendía Facundo Omar Linares Villa, le quedaba estampado con gran claridad en las cavidades cerebrales para no abandonarlo jamás: Su inteligencia era nata e inusitada.

Llegó Facundo a casa de la abuela, para ese entonces ya se había desprendido del cordón umbilical. Abuelita linda, le dijo. Te voy a complacer con un acto de magia, espero te guste, me ha costado un mundo aprenderlo. Es el mejor truco que tengo en mi repertorio. Facundo miró con tierna complacencia a la que hacía las veces de mamá y a los familiares que se reunían de vez en cuando, alrededor de la matriarca: Toma esta monedita abuela, mírala perfectamente, nota que está pintada de rojo. Anda, métela entre esta bolsita y átala, la abuela obedeció. Ahora, pidió el mago: Mete la bolsita entre esta otra más grande y átala. Palpa, la moneda sigue adentro, Ahora metámosla entre esta bolsa más grande... y así continuó hasta que las bolsas alcanzaron el número de diez. La monedita permanecía allí, adentro del mazo de bolsas. Facundo metió la mano debajo de la solapa de su chaqueta, sacó la varita mágica y pasándola por encima de los talegos atados, dijo: Por los pelos del gato, que todos disfruten un rato. Corazón, corazón ¡Hágase la ilusión! Vamos, abuela, desata las bolsas, pero antes debes tocar la monedita, ella continúa prisionera. Cuando la abuela llegó a la última bolsita, el mago le dijo: Palpa la bolsita abuela, ¿Aún permanece la monedita adentro?. No, hijo, la monedita, tal parece, no está, respondió la anciana. Alcánzame tu monedero abuelita, pidió el ahora, hombre mago. La abuelita hizo lo que le demandó su nieto. El ilusionista hizo funcionar la cremallera del monedero, metió los dedos dentro del mismo, a la luz de los ojos de los demás miembros de la familia y sentenció: ¡Abuela! ¿Cómo quieres que la monedita esté adentro de esta bolsita, sí tú la guardaste dentro de tu monedero? ¡Hela aquí!. Todos aplaudieron. La abuelita, no aplaudió. Recogió los trastos de la mesa y antes de marcharse al lavadero, esbozando una burlona sonrisa que procuró, su primer nieto, observara con atención, expresó olímpicamente: Hijito mío, ¿con qué pintaste la monedita?
El mago, en respuesta, principió a rascarse violentamente la cabeza. La abuelita se encaminó meditabunda a la cocina para prepararse una taza de té.
La vida es la vida y para ser lo que es, acomete por diversidad de senderos. Algunas veces son intrincados laberintos, otras veces: llanas ensenadas, gigantescos ojos de agujas, por donde sí puede transitar un hombre acaudalado con su rebaño de camellos. El ilusionista no podía estar al margen de los hechos del entorno y así, un buen día, cuando Edén Pastora, el entonces mítico “Comandante Cero”, tomó el congreso de Nicaragua, Facundo se apasionó por la historia de esta empobrecida república Centroamericana y principió a admirar a don Augusto César Sandino y a veces, en el frenesí de los festejos, gritaba: ¡Patria libre o morir! Nadie lo podía detener ante esa admiración por aquel nicaragüense de sombrero, que puso en jaque a los explotadores foráneos. No se apocaba ante las borrascas de la vida. Eran años de conflagración y el no temía. Era hijo de coronel. No dudaba cuando de compartir diversiones se trataba. Era ilusionista como su padre.
Un decreto de facto se publicó en el diario oficial: “Más de dos personas en una reunión, es sinónimo de complot”. Eso mismo dijo el que dirigía el contingente que lo arrancó del centro de sus amigos de farra. Él, no se amilanó, ninguna sombra de preocupación acorraló su pensamiento. Somos de los mismos mi capitán. Mi padre es el coronel Linares Mendoza, es del estado mayor y además es mago. ¡Me vale madre!, le respondió el susodicho, pero siempre lo condujo ante el mero, mero de los ilusionistas. Sí, es mi hijo. ¿De qué se le acusa?. De complot y de bla, bla, bla... ¡Déjenmelo!, yo me hago cargo. El coronel recordó las enseñanzas: “Mis padres son los fusiles y mis hijos son las balas”. “Antes del amor paternal está el amor por la patria, la honra y el honor”. “Las órdenes se cumplen y no se discuten”. ¡Yo soy Linares Mendoza y soy coronel!, fue la torva exclamación que el oficial pronunció ante su hijo, quien después de entrar, nunca volvió a salir, por lo menos caminando, del tenebroso fortín.
La abuela lo rebuscó por lugares nunca imaginados. Las lágrimas de dolor, que empañaron los últimos días de su existir, fueron la clara evidencia que ella siempre tuvo la razón. La liviana mujer, a quien el muchacho le entregó todo su amor, meses después, se trenzó en un sucio amor con Agapito, el general.

Guatemala, 16 de octubre de 2004.

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