sábado, 15 de noviembre de 2008

Entre el amor y la lujuria.

El invierno era copioso, salir a la calle implicaba tener que cargar con el estorbo del paraguas; de lo contrario se corría el riesgo de imitar a los sanates. Lo que era peor: pescar un tremendo resfriado, de aquellos que los ancianos del pueblo llamaban “catarro de yegua”.
Los comentarios de la gente oscilaban entre lo crudo del mal tiempo y sobre las catástrofes que del fenómeno se derivarían. Mientras muchos campesinos elevaban plegarias hacia el infinito, con la esperanza de que el Altísimo les aminorara la pena de ver fracasadas sus cosechas En las ciudades los oportunistas acaparaban granos básicos y vituallas para no sufrir la carestía que seguramente se presentaría debido a las noticias que se escuchaban por la radio, donde la voz de un gangoso locutor, anunciaba la inminente llegada de la cola del huracán. Todo era correr y preocupación en los hogares, por la presencia del renuente invierno. No obstante, Willy y Marina retozaban entre el desenfreno de un amor inexistente.
Willy era amante de la poesía romántica, la guitarra de infinitas notas, lo amargo de la cerveza y de las mujeres. Debido al último de los apegos se auto nombraba: “agarra parejo”. Pero su carta de presentación no solamente se circunscribía a esas características, ya que también era un estudiante de esos que estudiaban únicamente para el examen. Muchos de sus antiguos compañeros lo recuerdan como el muchacho lépero que se atrevió a usar un “chivo de acordeón” en las narices del profesor de literatura, un señor rechoncho y dormilón que era muy estricto. El epílogo de aquella increíble acción: Willy fue ampliamente ensalzado por el maestro literato debido a sus dones de estudioso. ¡Fue el único que obtuvo una nota de cien puntos!
Dejó su lejano pueblo con el propósito de realizar sus estudios diversificados en aquella ciudad de extensas alamedas y románticos empedrados. Vivir en aquella pequeña urbe que llevaba el nombre del sabio evangelista, había sido siempre su gran ilusión. Desde que era niño, soñaba viajar en los coches que transitaban por esas calles que se tornaban interminables, y que desembocaban en un lugar paradisíaco. Soñaba también que se bañaba en una alberca de agua tibia, reconfortante y cristalina. Los peces matizados que allí habitaban, se transformaban en bellas sirenas que lo llamaban con gestos insinuantes y posteriormente, se convertían en peces de bocas ovaladas que le lanzaban a la cara, escupitajos de color verde esmeraldalda. Sus sueños principiaban a concretarse.
Llegó a la ciudad gemela de San Marcos, distante dos o tres suspiros de la misma; su nuevo hogar fue de ese día en adelante, una casa de corte antiguo; corredores atiborrados de blancas macetas, que lucían la frescura de geranios, begonias y margaritas que equilibraban el ambiente mortecino. Las habitaciones eran minúsculas y poco discretas; distribuidas en forma de escuadra. A dicha posada llegaba diversidad de personas a hospedarse.
Allí Willy gozaba de ciertos privilegios, por algo era sobrino en segundo grado del dueño de la estancia, a quién su padre había confiado la responsabilidad de velar por su buen comportamiento. El bondadoso tío, además de cobrarle únicamente la mitad de lo convenido por su manutención, le toleraba todas sus fatalidades. Recordaba que así era él cuando joven: pendenciero y enamorado.
Quince años recientemente cumplidos, la edad del desenfreno y el romance. Aquel moreno era la envidia de todos los que preciábamos ser sus amigos. Se ufanaba ser el único del grupo que había intimado con hermosas mujeres. Siempre platicando de sus aventuras, mismas que algunas veces eran reales, otras veces imaginarias; siempre acicalando su cabellera negra y lacia. Con ayuda de vaselina se construía un copete en la frente. Tardaba horas frente a al espejo, contemplaba su cara con una pasión narcisista, fumaba echando por la nariz borlas de vicio, se reía adornando la falsedad de la risa con infinitas poses, enviándose besos a sí mismo. Era tanta su ansiedad por verse guapo que a veces, platicaba con el espejo tratando de satisfacer su ego. Un día en lugar de ver reflejado su rostro, vio una cara diabólica que le hacía horrendos gestos. Esto le sirvió de escarmiento para ser más mesurado en tal práctica.

Cuando el zumbido de la chicharra escolar anunció el fin de la jornada y todos los estudiantes cogimos apresurados nuestros útiles, para abandonar en tropel el Instituto Normal Mixto Justo Rufino Barrios. Willy abriéndose paso a codazo limpio, se acercó para murmurarme al oído:
—Mañana a las dos de la tarde te espero en la pensión “Colomba”; te quiero ejecutar una melodía que logré en la guitarra y de paso te anticipo una sorpresa de película. —Prosiguió con la tarea de abrirse camino entre la muchedumbre y desapareció dejando en mi pensamiento una estela de calcinante duda.
Aquel día sábado me desperté con el pensamiento afianzado en mi amigo, el instrumento de curvas sensuales e interminable caudal expresivo, la ventisca que no cesaba y sobre todo, con la intriga en el pecho por conocer la sorpresa que el gran Willy me tenía reservada. Sin esperar las dos de la tarde, sin avisar nada en casa, atrapado por la curiosidad; abandoné San Marcos como un bólido rumbo a la posada de aquel sujeto.
Lo encontré con la guitarra en brazos, tarareando una canción romántica, las hebras de su lacio cabello jateadas una sobre otra con una paciencia magistral, una sonrisa de complacencia se le dibujaba de oreja a oreja y aumentaba de manera descomunal, mi suspenso. Nada me comentaba, absolutamente nada. Me miraba y seguía con aquella risa socarrona que por momentos la percibía como un insulto a nuestra amistad.
—Hola hermano. —Saludó con aires de enamorado. y sin dar tiempo a que yo ingresara a aquel cuarto, testigo mudo de nuestras cuitas; abandonó sobre la cama de sábanas desteñidas y olorosas a naftalina, el instrumento de curvas exuberantes.
Sin salir de mi asombro por su actitud, me quedé parado bajo el vetusto dintel. Willy con aire de Juan Tenorio pasó a mi lado, con pose circunspecta me acarició la espalda con la mano derecha y dijo:
—Observá patojo lento la suerte que tenemos los hombres guapos.
Acto seguido se dirigió al cuarto vecino, la brisa se le enredaba como rocío en la pelusa del rostro; su mano derecha entre la bolsa del pantalón; los nudillos de su mano izquierda golpearon la encalada puerta. Una voz fresca, como de soprano en quiebra, contestó desde lo más profundo de la vieja habitación:
—¿Quieeeeeeeén?
—¬Yo mi amor... Willy.
Marina era esbelta, un poco más alta y madura que Willy, de una edad que se escondía entre sus encantos terrenales: tez blanca, caderas rotundas, senos firmes y puntiagudos, pelo salvajemente crespo. Cuando pasaba cerca de algún varón, movía la región anterior al coxis como cola de perra en edad de merecer y dejaba escapar una risa de pícara, que inmediatamente cambiaba por la seductora actitud de empujar hacia un lado, el rizo que le resbalaba en la frente.

Marina había escapado de su hogar en la edad de la locura, estaba cansada de las recriminaciones de sus ancianos padres. Para ella éstos eran solamente un par de viejos chochos y anticuados que no agarraban onda. Estaba fastidiada de consejos y reglas hogareñas. Le desesperaba escuchar las nobles recomendaciones que le advertían sobre el peligro de la jungla citadina.
Conocer a Moisés –su esposo– fue la mejor manera de ya no saber nada de los cansados viejos. Por fin dejaría de escuchar los necios sermones: “No te juntés con los de la cuadra porque son haraganes, no salgás a la calle a tan altas horas de la noche. Tené cuidado Marina, te pueden hacer una panza y que dirá la gente”.
Marcharse con Moisés fue un capricho, trataba únicamente de llevar la contraria a sus padres, quienes se oponían a dicho noviazgo esgrimiendo que Marina no tenía la edad adecuada, tampoco sabía hacer oficio. Solo se pasaba encerrada en su habitación, pintándose la cara y remedando a las cantantes de moda que escuchaba por la radio. Moisés era un hombre vivido, algunas canas empezaban a dibujarse en sus sienes; señal ineludible que tras él, estaba agazapada una juventud trajinada. No era bien parecido, natura no había sido benevolente con él. Sin embargo, era un gran tipo: cumplidor y querendón. Adoraba a tan hermosa y salvaje mujer; por ello, cuando recibió el oficio que anunciaba su traslado por órdenes de la dirección general, pensó en su amada, en la inconveniencia de llevarla hacia aquel apartado puesto fronterizo.
—Perra vida la de nosotros los policías, nos tratan como basura: hoy nos dan pasaporte para una frontera, mañana para cualquiera de los municipios de la república. Tendremos que separarnos por algunos días, no quiero que pasés penalidades en aquel apartado rincón. Alquilaremos un cuarto en la mejor pensión de la cabecera departamental mientras pasan los días, en ese lugar, te ruego, me esperes mientras consigo algo mejor. —Sentenció meditabundo. Luego su pensamiento se centró en un viejo amigo que después de ser el sastre del barrio ahora ocupaba una curul en el congreso, recordaba que el congresista le había dado una tarjeta en donde resaltaba de manera pomposa el cargo del cuál estaba investido.
—Aquel me ayudará. —Murmuró entre los anchos y bien cuidados dientes.


Un mes para la fogosa Marina, era una eternidad; sin noticias de Moisés, sin una breve carta, sin un comedido telegrama. Absolutamente nada. Para esos días ya andaba pidiendo prestado, usando sus atributos había convencido al tendero de la esquina para que le diera fiado. Un día la vieron salir de la tienda con los colochos alborotados, llevaba una bolsa grande llena de víveres y una complacencia en la cara que daba pena.
Se sentía olvidada en aquel cuarto de barraca. Sus noches se tornaban interminables, frías como el hielo y cruelmente sombrías. Abrasaba su suave almohada, se colocaba las sábanas retorcidas entre las rosadas y robustas piernas, y recordaba con coraje y desesperación la ingratitud de Moisés. Por la depresión que le causaban los celos infundados, imaginaba a su distante marido en brazos de otras mujeres. Varias veces lo había soñado acompañado de otra mujer, seguido por una multitud de niños que, llorando, imploraban un vaso de leche. Niños de todos los tamaños y colores existentes, vestidos de diversas maneras. Todos, absolutamente todos con la cara inconfundible de Moisés.

—Me las vas a pagar infeliz, de Marina Pelicó no se burla nadie, menos si el olvido es por causa de otra mujer ¬—musitaba, doliéndose de su soledad.
La venganza se principió a concretar. Aquel atrevido estudiante que le rozó intencionalmente el trasero en el estrecho pasillo de la lavandería cuando ella, con provocativos movimientos lavaba su ropa interior. Aquel moreno que le miraba insistentemente bajando y subiendo las espesas cejas al estilo Cantinflas. Aquel Adonis que cantaba como jilguero en el cuarto vecino. Aquel que le ponía la piel como carne de gallina y que parecía que ejecutaba la guitarra para sus dulces oídos. Ese hombre joven y fresco, había despertado en su interior un sentimiento inusitado, una serie de sensaciones encontradas.
Quince días de lluvia, el invierno más intenso de Guatemala. Los relámpagos se sucedían a intervalos, con una bravura de ultratumba. La luz, antesala de los truenos, preconizaba algo inusual. Marina y Willy daban vueltas en la cama. Envueltos en un sudor de ensueño, se desquitaban del tiempo perdido. Gozaban el momento con furor. Venían haciéndolo desde una semana atrás: de día, de noche, a cualquier hora y en el mismo lugar.
Aquel día sábado por la tarde, aquel émulo de Tenorio había incursionado en los dominios exquisitos y olvidados de Marina para demostrarme que era un perfecto Casanova. Había empezado a faltar a clases, a incumplir con las tareas, a soñar cosas extrañas. Volvió a soñar la piscina del “Agua Tibia”, los peces se transformaban en sirenas y cuando él llamaba a gritos a la más hermosa de ellas, un pez de grandes ojos, dando un brinco de acrobacia se le había metido entre la boca, provocándole un ahogo de violenta pesadilla. Cuando concluyó el relato onírico, lo hizo con la expresión: “son los efectos del amor”.
Aquella lluviosa tarde, yo permanecía absorto en el umbral de la puerta, esperando la salida triunfal de Willy. Y pensaba que él era un hombre afortunado. Y corría por mi imaginación la cara del astuto moreno y sus gordos brazos tomando el rosado cuerpo de Marina. “Apuráte Willy me muero por la curiosidad de saber que se siente alternar en el lecho con una hembra con tales atributos”.
Qué lejos estaba de imaginar, el torrente de emociones que venían. La lluvia, que por momentos menguaba se había tornado más intensa; las gotas del tejado rebalsaban por la canal y un chorro de agua cristalina se derramaba junto a mis pies, fenómeno que hacía inaudible el chirri, chirri, chirri que se escurría por el claro inferior de la puerta.
Los demás habitantes de la casona, seguían ajenos al hecho; las dos sirvientas iban y venían ocupadas en el que hacer cotidiano. Don Loncho, el dueño del negocio, había prolongado su acostumbrada siesta, mientras su incansable esposa, se dedicaba a zurcir los calcetines estropeados. La tarde principiaba a declinar. Confundidos entre los relámpagos, se escucharon los repiques vespertinos de la centenaria campana de la iglesia. Anunciaban los lamentos plañideros, la misa sabatina de las seis.
El rechinar del viejo portón, adyacente a aquellos cuartuchos alineados, me saco de cavilaciones. Detrás de los quejidos de los goznes del destartalado zaguán, apareció la figura empapada de un hombre de complexión fuerte, mediana estatura y rostro cuarentón. El hombre caminaba ávido, paso ligero, mochila al hombro y un revólver calibre treinta y ocho al cinto. Por las características y comentarios anteriores referentes a Marina, me dio la impresión de que se trataba de Moisés. Si, definitivamente era el susodicho, se le notaba en el rostro, además de la edad, el deseo de apechugar a su Dulcinea. El hombre llegó hasta la puerta del cuarto, mientras yo sentía desfallecer.
Nuevamente los toquidos en la puerta. –Silencio prolongado.
—Marina, Marinita, abrí la puerta por favor mi cielo, vengo mojado. Yo soy tu Moisés del alma. ¬—Nuevamente un silencio de necrópolis.
En el interior del cuarto todo se convirtió en revuelo. Entre pena y búsqueda de prendas, los tórtolos se dieron cuenta que los faldones de la cama casi pegaban al piso; era un mueble de resortes y de fabricación antigua. El andante enamorado tuvo que esperar con desesperación largos minutos a que la puerta se abriera.

—¡Por acá no se puede!
¬—¡Rápido por la cabecera!
¬—¡Levantemos en vilo la cama!
—¡Rápido metéte es Moisés, mi marido!
Y en mi interior, una serie de pensamientos: “Willy desgraciado, hoy te matan mi grande y estúpido amigo. ¿Que hago Dios mío, que hago por este moreno desventurado? Ilumíname Señor.”
El revólver treinta y ocho, sobre una silla que suplía la mesa de noche. Los resortes de la cama acariciaban la barriga del desdichado moreno. Moisés insistía, Marina se negaba y Willy oraba, confinado en el lugar del bacín.
—Ahorita no mi amor, me duele el estómago, por eso estaba bien dormida y no escuchaba tus llamadas a la puerta. Disculpá mi amor no me siento en condiciones.
¬—Tanto caminar, casi cincuenta kilómetros de penurias. Tanto exponerme a los peligros de ese solitario y pantanoso camino solamente por estar a tu lado, acariciarte, besarte, disfrutar de tus momentos y la manera como me recibís –rezongaba Moisés.
—Vos tenés la culpa por dejarme tanto tiempo al palo y sin zacate— respondió Marina.
¬Comprendé mi amor; en ese lugar la línea telegráfica se mantiene siempre interrumpida, el correo hace días que no llega, seguramente por lo duro del invierno El único autobús que cubre esa ruta, lo hace únicamente en época de verano y por si ello fuera poco, el cheque todavía no sale. De plano por el traslado o quizás esos despistados de finanzas me extraviaron los papeles.
—Pero de todos modos algo hubieras hecho. Yo aquí esperándote con cara de babosa. Me la he pasado triste y aburrida, casi solo durmiendo.
¬—No será que me estás viendo la cara, que otro ocupa mi lugar porque de verdad te encuentro muy extraña –preguntó el hombre, levemente contrariado.
—Y vos que creés, que yo soy mañosa. Yo soy pobre pero honrada. Ustedes los hombres todos son iguales —dijo Marina, haciendo un mohín de fastidio.
Willy más que escuchar, rezaba. Miraba y remiraba el tenebrosos revólver, su negra embocadura. “Allí está mi salvación, tengo que ser valiente y abalanzarme sobre el arma en caso de necesidad”. —Pensaba, mientras divisaba el arma desde un ángulo apropiado.

Por tercera vez, toquidos en la puerta:
¬—Marina, Marinita, dile a tu marido que venga a tomar un trago de café, pobre, viene cansado y mojado, se puede resfriar — era doña Ostelinda, la esposa del tío Loncho quién en esos momentos intervenía a ruegos de mi asustada humanidad.
—Respondéle que le agradezco que yo no tomo café, además quiero estar aquí, en la cama contigo. —En esos momentos a Moisés se le escapó un sonoro ventoso que estremeció los resortes de la cama y cuyo miasma fue a dar de lleno, a las narices del otrora jilguero cantarín.
—Pero que dirá la señora, hacélo por educación, no seas mal agradecido.
—Marina dile a tu marido que pase al comedor, si no le gusta el café también hay un té de Jamaica bien caliente— insistía doña Ostelinda como adivinando el pensamiento del burlado marido.
—¡Uy! Moisés no seas mal agradecido hombre. Vamos, yo me tomo tu café, no hay que ser salvaje. Agradecé que la señora se está preocupando por vos. Luego me baño, tal vez así se me quita el malestar y después hacemos lo que sea de tu agrado.

Willy sintió la gloria, volvió a nacer. La puerta se abrió, adelante la intrépida y despampanante Marina; atrás Moisés como un pobre perro en celo. Los dos presurosos rumbo al comedor, a beber el excelente té de Jamaica que doña Ostelinda en ese momento principiaba a preparar. Oportuno brebaje el de la comedida señora, brebaje salvador de vidas.
Al momento que marido y mujer desaparecieron de la escena, yo pronuncié un grito solidario:
—¡Afuera!
Willy salió corriendo como una liebre asustada, con la cara más blanca que un cadáver. Rumbo a la calle, corriendo como un loco que escapaba de su encierro. Y yo tras él:
—¿Que se siente estar con una mujer como Marina? ¿Qué se siente Willy? ¡Ya dejá de correr como un cobarde!.
El gran Willy detuvo la marcha bruscamente y extenuado contestó:
—¡Se siente un miedo de la gran puta!

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