“Y yo, no sé cuánto tiempo permaneceré
Frente a la ventana, que es la única salida
que me queda hacia el mundo exterior;
pero si es posible esperar una eternidad,
esperaré.”
Yo la imaginé neonata, blanca, blanquísima, casi transparente, semejándose a un mínimo fragmento de rayo de sol. Su madre ha de haber sentido la misma ilusión y gozo de las mujeres que han esperado, con ilusión, el alumbramiento del vástago que por varios meses ha evolucionado dentro de sus entrañas.
Me vi impelido a tales cavilaciones esa mañana que corrí las cortinas de mi ocasional dormitorio, mismo que por buena o mala suerte, da de lleno a la arteria principal de aquella bulliciosa ciudad fronteriza, cuando en el claro de mis ojos semiabiertos, se estrelló la figura de aquella casi niña. Ella estaba derrengada a lo ancho de la banqueta de la casa de enfrente. Así, sin más protección que una sucia toalla, indolentemente enrollada en su breve cintura. Su cabeza martirizado estaba reclinada en la pared y un perro hacía el intento de olisquear su cuerpo. Algunos transeúntes madrugadores, pasaban tratando de observarle, lo más profundo de su intimidad: Unos con asco, otros con lástima y los más, con un morbo gestado en los instintos terrenos. La imaginé de quince años, y esa misma imaginación, me hizo regresar en el tiempo para verla con su alba indumentaria de niña afortunada, pataleando como suelen hacerlo las criaturas que se chupan el dedo del pie, babean cuando les despunta el primer diente y sonríen cuando están envueltas en la tranquilidad de los sueños reparadores que les ha ocasionado un reconfortante baño. “Los recién nacidos mientras duermen, juegan con los ángeles”, suelen manifestar las abuelitas.
Volví a la imagen de la banqueta, el sueño de la mujer era profundo, de eso no cabía la menor duda, arriba de ella, el mercadeo había colocado con antelación, un gigantesco retrato femenino, que me atrevo a decir, correspondía a alguien que frisaba la misma edad de la mujer que yacía en el suelo; sólo que ésta permanecía embozada en un mínimo traje de baño y luciendo una tersa piel, que daba un toque de exquisita belleza a su cuerpo escultural. “Todos estamos revestidos de piel de distinto color y textura, lo que no nos debe separar”, pensé. La diva del anuncio simulaba hablar a través de un micro celular de moda. “Mientras la infeliz chica de la banqueta soñaba a saber que monstruosidades, la de la fotografía simula hablar tonterías a través de su mini artefacto”. Susurré en aquel momento.
Los rayos del sol caminaban paulatinamente hacia la perpendicularidad. El calor, propio de aquella región, se iba haciendo más intenso. El pájaro de siempre cantaba al nuevo amanecer desde una distancia impredecible, y una tórtola más cercana, competía con su cu, cu, en el concierto hermoso que juntamente con las flores y los árboles, hacen bella la creación. La incomparable función canora, se desvanecía entre el bullicio de automotores; vendedores gritones de toda clase de necesidades y gente que murmuraba sus penas, entre zancadas presurosas.
Regresé a mi realidad, la ducha me esperaba abundante para espabilarme por completo; el impacto del agua fría sobre mi cuerpo, volvió a torturarme a causa de la chica de la banqueta. No sé por que razón, se me ocurrió imaginarla nuevamente en el ayer, de la siguiente manera: “Una niña más crecida que un recién nacido. Después, en la edad del parvulario, retozando en su propia ducha, el agua cristalina resbalándole por el cabello, cubriéndole con gracia, su cuerpecillo que después de secarlo con sendas y blancas toallas, era untado con cariñosas palmadas de fragante talco por la madre que amaba a su rayito de sol. Su progenitora buscándole en el ropero, las mejores prendas interiores para después, plantarle el uniforme de faldita cuadriculada que la igualaba, en indumentaria, a sus compañeras de colegio". Así ha de haber sido su vida anterior, ahora desperdiciada en aquel jirón de calle, que ella, con un empírico estudio de mercadeo, había elegido para sus operaciones y así hacer competencia a la del celular, que ha permanecido días y noches con su sonrisa forzada, invitando a la clientela a igualarse a lo moderno de su actitud remunerada y premeditada por sus patrocinadores: Hablar hasta el hartazgo, aunque sea con nadie.
No obstante, los persistentes sueños y sobresaltos de la noche que recién acababa de fenecer, en donde debutaron un sinfín de amigos y familiares ya pasto de la otra vida, que constantemente me llamaban a hacerles compañía; y un mundo de hombres amargados por sus incorregibles actitudes, que en mis incursiones oníricas eran todos sarcásticos, malévolos y catrines, es decir, un verdadero y multitudinario mundo de extraños personajes. No obstante, decía, mis pensamientos relacionados con el ignorado pasado de la chica de la banqueta a quien de ahora en adelante, y con sobrada justificación, llamaré: “La Perseguidora”, eran pensamientos cristalinos y la ubicaba en el seno de una familia cariñosa y normal.
Confieso que la ocasión que la imaginé neonata, casi transparente tirándole a un rayito de sol, no era la primera vez que la veía, menos en esas condiciones tan deplorables. No, la primera vez que la vi, guardaba cierto señorío, sus rasgos eran exquisitos y su cuerpo como el de una gacela cerril que se movilizaba con una agilidad montaraz y lo hacía sólo de día. Vestía humilde pero limpia y sus ropas se ceñían a su humanidad dando paso a exótica y sensual figura. Eso sí, supuse que era parte de un contingente de transmigrantes que habían sido esquilmados por los famosos traficantes de seres humanos conocidos como “coyotes”, y que, por lo tanto, se había quedado varada entre las marañas de aquella ínfima y letal parte del universo. Con esa agilidad avispada, que le era propia, se movilizaba entre la muchedumbre. Escogía principalmente a los hombres. Sólo ella sabía que características debía tener su futura víctima. No, no les robaba, con una sonrisa angelical y una voz de la misma especie, pedía dinero: “Guapo regálame una moneda, anda si papito, solamente una”. La gracia acompañaba al éxito y la mayoría, con complacencia le alcanzaban una moneda o un billete de buena denominación. Los hombres aprovechaban para echarle flores o hacerle proposiciones indecorosas; pero ella, sólo sentía el peso del metálico o la rugosidad del billete en la mano y daba la vuelta ignorando, los, a veces, indecentes cumplidos. Así actuaba, se pasaba el día persiguiendo hombres. Caminaba tanto que su calzado rayaba en un par de chanclas viejas, con las suelas abiertas, al extremo que cuando ella caminaba hacia un sonido de arrastre. Yo le di en cierta ocasión una moneda pesando que quizás tenía hambre y que era la primera y última vez que la tendría frente a mis ojos. Pero no fue así, los días se sucedieron uno tras otro y ella continuaba con la tarea, que naturalmente fue productiva y fácil, mientras el tiempo y las circunstancias lo permitieron. La gente la fue conociendo y poco a poco principiaron a ignorarla. “Allí viene La Perseguidora”, decían y se hacían de los desentendidos. Otros decían que ya no le daban nada porque ella nunca se daba “algo”. “Sólo sacona es la mujercita”.
Yo fui testigo como se fue deteriorando paulatinamente, la vi pasar de vestuario aceptable hasta jirones de trapo que dejaban al descubierto su piel blanca. Principió a descuidar su pelo rubio, al extremo que se le miraba como un montón de hebras puestas en la cabeza sólo porque sí. La enfermedad atacó su otrora tersa piel: Granos, espinillas, nacidos y toda especie de roñas le retoñaba en donde ella menos lo imaginaba. Sus ojos antes zarcos, se tornaron en un par de colorados luceros donde apenas se vislumbraban sus hermosas pupilas. Pero lo que más se me quedó grabado como algo subliminal, fue el ruido que hacían sus chanclas cuando las arrastraba sobre el pavimento.
Cuando procedí a vestirme después del baño, afloró una gama de contradicciones en mi cerebro, afectado un tanto por los sobresaltos de mis raros sueños y otro tanto por las horas que permanecí con los ojos abiertos, escuchando las tropelías nocturnas de gente que vaga o se gana la vida al amparo de las sombras penitentes. El escándalo nocturno era inferior al diurno, pero en las horas que el sueño debe ser profundo, es un desenfreno de proporciones prohibitivas. Aquí la ley de los hombres no se cumple: Gritones del transporte, borrachos, comerciantes, cantineros, prostitutas, coyotes, narcotraficantes con sus bocinas de música estridentes... hacen su agosto como felices noctámbulos. Y entre toda esta marabunta, “La Perseguidora” haciendo su tarea. Fue ella la que me hizo entrar en nuevos pensamientos que constituían el reverso de la moneda. “La neonata con las mismas características ya descritas, sólo que ahora indeseada por la madre en su preñez, la niña producto del desenfreno o del capricho, el alumbramiento a hurtadillas. Una vida infantil llena de vicisitudes y maltratos físicos y morales. La infanta sin escolaridad, creada sin ton ni son. El ser humano desprotegido y abandonado a su suerte por sus malos padres, que nunca unieron sus vidas con el ánimo de perpetuar sanamente la creación. La hija del desamparo. Y, ¿Sí ese hubiese sido su mundo anterior y no el imaginado al principio? Después de meditar profundamente sobre el cuestionamiento que yo mismo me hacía, me dije: “El daño está hecho y, ´La Perseguidora´, por causas que sería prolijo enumerar y que me harían entrar en las de nunca acabar, se había convertido en una perfecta drogadicta venida de cualquier país sudamericano y ahora explotada por un delincuente de ignorada procedencia, apodado ´El Chivas´, que se dio a conocer por lo sanguinario de su actuar”. Los seres humanos, no importando su estrato social, están expuestos a ser víctimas de las modernas lacras.
Este “Chivas” la logró impactar y al poco tiempo la chica estaba a sus pies, toda obediencia en cuerpo, alma y corazón. El muchacho la vendía al mejor postor, controlaba el metálico producto de su perseguir y lo más terrible: Le suministraba los estupefacientes que le fueron haciendo perder su escasa voluntad. “El Chivas” principió a exigir a los dueños de negocios y a ciertas familias, el famoso impuesto que las “maras” y algunos solitarios mal vivientes que se creían autosuficientes, habían adoptado para extorsionar incautos. Fue por eso, que un día, después de la lluvia, aprovechando la presencia de una estridente banda de guerra de una ciudad vecina, que a las once de la noche irrumpió con su largamente ensayada gallardía en la arteria principal, una ráfaga de “mini usi” cerró la carrera delincuencial del “El Chivas”. “La Perseguidora” se quedó, felizmente a la deriva, sin el fastidio de aquel que la acostumbró, por la fuerza de la amenaza, a trabajar de día y de noche.
La abuela Luisa era madrugadora, acostumbraba, como lo había visto de sus ancestros, preparar los alimentos matutinos con amor y prontitud. Satisfecha de su arte culinario, pedía a gritos a todos los de la casa, que bajaran a tomar los alimentos al primer nivel. Al regresar del desayuno, procedí a lavarme los dientes, intempestivamente paré la habitual tarea. Una duda me taladraba el alma. Me abalancé hacía la ventana, corrí nuevamente la cortina y, ¡Sorpresa! La chica había abandonado su postración y brillaba por su ausencia, solamente una toalla percudida como las que usan los ayudantes del transporte para limpiar el polvo de los vidrios de sus unidades, estaba en un curioso montoncito, sobre el cual, el mismo perro, olisqueaba con insistencia. Súbitamente se me volvió a revelar parte de mi raro sueño, dándome cuenta que, como siempre, soy incapaz de recordar mis aventuras oníricas de una manera secuencial y lo que logro hilvanar sucede, acaso, por un mínimo detalle que contribuye al estímulo. Se me erizó el cabello, en medio de los incontables muertos que me llamaban para hacerles compañía y los extraños y variados tipejos, que se movilizaban como hormigas, en una calle transformada y brumosa, y en medio de todo, la imagen atolondrada pero bella de “La Perseguidora”. Ella era atacada con intenciones aviesas, por un batallón hombres de diferentes calañas. La mujer arrastraba sus chanclas en un itinerario que indicaba mucha prisa y que se sucedía en ambos sentidos de la calle; gritaba pidiendo auxilio, y se escapaba astutamente de sus atacantes. Por fin cayó exhausta en la banqueta, en donde todos la rodearon con caras de lascivia. El ataque se estaba llevando a cabo y yo no podía permanecer al margen de tal ignominia. Me entró un indomable deseo de rescatarla del suplicio, así que tomé la decisión de salir a la calle para llevar a cabo mi objetivo. Pero, ¡Maldición! La puerta principal estaba con llave y ésta daba al área del parqueo, cuyo portón necesitaba de la fuerza de tres personas para poderse abrir. Las llaves sería fácil hallarlas, bastaba con un breve y minucioso hurgar de gavetas; pero, y ¿El portón? Qué podía hacer para abrirlo con mis menguadas fuerzas. Recordé que un sabio de la antigüedad dijo un buen día: “No son las grandes proezas las que conducen a grandes decisiones, son las grandes decisiones las que conducen a grandes proezas”.
Y la proeza principió a concretarse, guardando las debidas precauciones para que mi familia no se diera cuenta, porque seguramente iban a considerar el hecho como una grandiosa locura, logré vencer obstáculo por obstáculo, y no obstante el escándalo de la “Fifí” y “El Crespo” los dos perros falderos de mi posada, logré salir a la calle. Cuando me di cuenta, estaba en medio de la desenfrenada aglomeración, luchando titánicamente para rescatar a “La Perseguidora”. Pero ¡ Sorpresa! Yo no estaba solo en la ruda faena. No, un perro callejero, famélico, jiotoso, de regular y huesuda alzada estaba de mi lado y con aguerridos mordiscos y coléricos gruñidos, contribuyó conmigo a liberar a la chica quien, al final, lucía inconsciente, maltrecha y desnuda. Como pude corrí a recoger un fragmento de toalla percudida que alguien había abandonado en la calle y se lo enrollé apresuradamente en la cintura. Al comprobar que ninguno de los cobardes y depravados merodeaban los alrededores y que la calle había recobrado su normalidad, regresé complacido y exhausto a mi posada. El perro callejero se quedó echado al lado de “La Perseguidora” convirtiéndose en el mejor amigo de la mujer. Y yo, hasta este momento, no estoy completamente seguro si la proeza la realicé en un estado de inexplicable sonambulismo.
Aún persistía de una sola pieza junto a la ventana, pensando. ¿Qué pudo haber pasado con la chica? ¿Algún cuerpo de socorro se compadecería de ella? ¿Alguna persona piadosa se la llevó a casa para paliar su desnudes? ¿Andaría corriendo por todas las calles del pueblo dejando, como una estela, al descubierto, las huellas de la indigencia? De lo que sí estaba seguro es que no había muerto, las campanas de la cercana iglesia lo hubiese anunciado con sus dobleces plañideros. Permanecí frente a la ventana por un tiempo más, esperando verla aparecer persiguiendo hombres tal y como era su infatigable hábito, pero la chica, por más que pasaron las horas, no dio señales de vida.
Después de entretenerme leyendo un viejo libro, bajé a tomar el almuerzo sin mucho apetito, cabizbajo, meditabundo. Me preocupa, por causas inexplicables, cual había sido el destino de la chica derrengada en la banqueta. Así que volví al cuarto, me recosté para tomar un breve descanso, pensaba en la susodicha, en la forma como fue atacada, comparé la actitud colectiva de la reciente noche con el enanismo humano. Refiriéndome obviamente, al enanismo mental y no al enanismo físico en donde suelen haber verdaderos genios y hombres poseedores de gigantescos sentimientos. Inquieto que estaba, volví a la ventana para comprobar si “La Perseguidora” había aparecido. Pero nada. Pasaba un sin fin de gente, pasaban a pie, en carros último modelo de vidrios polarizados y guarda espaldas con caras toscas y anchas como perros de pelea. Se movilizaban los triciclos cargados de contrabando, pasaban rubias forzadas en vistosas motocicletas; no faltaban las colegialas y manchas de transmigrantes en donde posiblemente iba agazapada la perpetuación de la indigencia. Al reparar en éstos últimos, recordé a un antiguo compañero de estudios, que cuando estaba ebrio solía repetir la máxima de un gran filósofo: “Dios creó al mundo para todos y el que marcó las primeras fronteras, creó la discordia entre los hombres”.
El famélico y jiotoso permanecía echado en el mismo lugar con cara de perro triste. Tristeza que se le espantó cuando una de las empleadas del negocio correspondiente a la chica del celular, salió a recoger la basura y se llevó la toalla percudida; lanzándole un cubo de agua fría para espantarlo. Éste, solamente se arqueó, metió la cola entre las piernas y emprendió la huida con un trote de perro flaco. Permanecerá olisqueando, por calles y basureros, hasta que llegue el circo y alguien le dé caza para comida de los leones. “Así pagan los seres humanos a su mejor amigo”.
Y yo, no sé cuánto tiempo permaneceré frente a la ventana, que es la única salida que me va quedando hacia el mundo exterior, pero si es posible esperar una eternidad, esperaré. Tengo la esperanza que cuando me encuentre con “La Perseguidora”, ésta ya no sea una menesterosa; si no una mujer actuando en los límites de la normalidad. Espero que el encuentro sea de noche, como la vez que el perro de huesuda alzada hizo la mayor parte de la defensa. La tomaré de la mano y le insistiré que camine a mi lado, que yo, como todos los seres humanos, tenemos sufrimientos, muchas veces carentes de apariencia, pero sufrimientos al fin. Le insistiré que no está sola en el mundo, que siempre existen almas caritativas y solidarias. Le remarcaré que no importa cuantas vueltas le dé a la vida, haciendo escándalo con el arrastrar de sus viejas chancletas, éstas son vueltas que otros hombres y otras mujeres las dan de infinitas maneras. “El escabroso camino de la existencia es unas veces de sufrimiento y otras veces de felicidad”. Le diré que el verdadero sendero es de una sola vía y que no importa que tan oscuro esté, cuando alcancemos la meta que se nos ha marcado, en esa oscuridad que jamás será absoluta; nos hartaremos de verdadera felicidad. Yo, hombre viejo y fatigado, ella neonata, blanca, blanquísima, transparente como un mínimo fragmento de rayo de sol o como el principio y perpetuación de la verdadera luz.
Guatemala, 10 de Octubre de 2006.
mundos
martes, 16 de diciembre de 2008
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